¿Existen diferencias entre lo que hacemos en Coaching Psychology y la Psicología Positiva?

Esta fue una de las preguntas, entre muchas otras, que se quedaron en mi mente al finalizar el Primer Congreso Internacional de Coaching Psychology que se celebró el 11 y 12 de Octubre en Barcelona.

Algunos de los ponentes ofrecieron definiciones de lo que era la Coaching Psychology, donde se remarcaba, en resumen,  que el objetivo era la mejora del rendimiento en casos no clínicos. Si acudimos a la definición de la Australian Psychological Society (2008) podemos ver que afirman que es una “psicología aplicada, basada en enfoques psicológicos validados, que puede ser entendida como una aplicación sistemática de las ciencias de la conducta para la mejora de la experiencia en la vida, el rendimiento en el trabajo y el bienestar de los individuos, grupos y organizaciones que no tienen problemas clínicamente significativos de salud mental un niveles anormales de angustia”.

La Psicología Positiva por su parte se define como el “estudio científico del funcionamiento humano óptimo”, en la vertiente práctica, Linley (2004) definió la Psicología Positiva Aplicada como “la aplicación de las investigaciones en Psicología Positiva para la facilitación de un funcionamiento humano óptimo”, ese funcionamiento se extiende a las esferas sociales, laborales y personales, engloba el funcionamiento holístico del ser humano.

¿Qué diferencia existe por tanto entre lo que ahora están desarrollando los profesionales de la Coaching Psychology y lo que están desarrollando los profesionales de la Psicología Positiva?

A mi entender, y desde un punto de vista aplicado, no tanto teórico, ambas se enfocan y trabajan sobre la misma población con el mismo objetivo, la diferencia estriba en que la Psicología Positiva no delimita la intervención a poblaciones no clínicas.

Entonces, ¿la Coaching Psychology es un nuevo concepto para denominar la Psicología Positiva Aplicada en poblaciones no clínicas?, como comentaba en el taller que realicé con Miguel García en este congreso,  los psicólogos que trabajamos desde el enfoque de la Psicología Positiva sentíamos que la palabra terapia no siempre se correspondía con lo que estábamos haciendo, puesto que parte de nuestro trabajo era el incremento del bienestar de la persona sin que padezca un malestar significativo, y ha sido el término coaching (positive psychology coaching) el que hemos encontrado para denominar este tipo de procesos.

Entonces surge un dilema ¿tanto coaches como psicólogos podemos hacer Positive Psychology Coaching? ¿El campo de actuación de un psicólogo se circunscribe a la patología?, ¿tanto coaches como psicólogos compartimos un área profesional?. Estas preguntas inquietan a la comunidad de psicólogos por una simple razón, el instinto de supervivencia de la especie, algunos profesionales piensan que la psique humana es muy compleja, y que la utilización de teorías psicológicas debe ser aplicada por profesionales entrenados para ello, al igual que la gestión de los recursos humanos en una empresa requiere de un profesional especializado en este campo. ¿Podemos formar a coaches en Psicología para garantizar una correcta aplicación de las técnicas y una comprensión de su utilidad?, desde el IEPP se ha apostado por la formación de coaches en psicología positiva mediante el Programa Practitioner en Positive Psychology Coaching, donde de forma vivencial se aprende un modelo de intervención dirigido a la promoción del bienestar.

Hasta hace poco el coach utilizaba técnicas y modelos de aprendizaje sobre todo al mundo empresarial y deportivo, ahora se abre un mundo de enormes complejidades. Roberto Luna contestaba a una pregunta del público sobre la formación necesaria para hacer bien executive coaching y contestó que lo mejor era realizar un máster en managment para conocer el complicado mundo de la empresa, por tanto, ¿para hacer coaching psychology es necesario un máster en psicología?

Son muchas preguntas con muchas posibles respuestas que los profesionales debemos comenzar a plantear, concretar y contestar para generar claridad y rigor en la profesión.

Espero que este y otros muchos artículos científicos y de opinión contribuyan a crear un cuerpo teórico y empírico que nos permita trabajar con unos límites menos desconocidos.

 

Dafne Cataluña

Psicóloga y Coach del IEPP

 

Síndrome Post-Vacacional

Terminan las vacaciones de verano y muchas personas han de incorporarse a la rutina habitual: colegios, trabajo, horarios, hábitos… La vuelta a las dinámicas de funcionamiento habituales tras una temporada lejos de esta realidad acerca a algunas  personas a experimentar malestar significativo en su vida. El llamado Síndrome Post-Vacacional aparece durante los primeros días de la vuelta al trabajo y a las rutinas habituales, y parece afectar a un porcentaje significativo de personas, que experimentan cansancio, fatiga, somnolencia, falta de apetitito, irritabilidad, nerviosismo, tristeza, etc. Estas sensaciones suelen durar apenas unos días, pero algunas personas extienden su experiencia durante semanas, lo cual provoca un mayor sufrimiento.

Más allá de iniciar un debate sobre la necesidad de “patologizar” esta experiencia, lo cierto es que algunas personas “se enganchan” en estas sensaciones y prolongan su sufrimiento involuntariamente más allá de lo deseable; la razón por la que esto sucede puede estar relacionada con una falta de herramientas para manejar esas sensaciones y los pensamientos que surgen a partir de dichas sensaciones. La consecuencia de mantenerse demasiado tiempo fijado en estos sentimientos y emociones es que podemos desarrollar problemas de adaptación a largo plazo, aumentar el sufrimiento hasta transformarlo en una patología y/o transformar nuestras creencias sobre nosotros mismos y nuestra in-capacidad para afrontar con garantías determinadas situaciones.

Algunos profesionales apuestan por prevenir la aparición de estas sensaciones planificando unas vacaciones más cortas, indicando que las vacaciones “ideales” consisten en 15 días en los que hay tiempo suficiente para desconectar del ambiente profesional y disfrutar del tiempo libre, todo ello sin deconstruir los hábitos que facilitan una adaptación adecuada en el trabajo.

Más allá de una adecuada planificación de las vacaciones (esto quizás tenga más que ver con las posibilidades y los deseos de cada cual), el aprendizaje de herramientas para gestionar las emociones, sentimientos, pensamientos y creencias que en ocasiones aparecen al regresar a las rutinas habituales, puede ser una estrategia eficaz que facilite la adaptación. En este sentido no se trata de que todos tengamos que vernos obligados a tener más o menos días de vacaciones seguidos, sino de aprender a gestionar lo que nos puede suceder al regreso.

Es un hecho constatado que algunas personas disfrutan muchísimo de su trabajo, no únicamente porque obtengan del mismo reconocimiento, placer, autoestima o logro, sino porque además les ayuda a dar sentido a sus vidas. Estas personas tienen menos dificultades de adaptación, pero no están exentos de esas sensaciones de apatía o de cansancio iniciales. Las creencias relacionadas con el sentido y significado les ayudan en su adaptación a las rutinas habituales. Por otro lado, hay otras personas cuyas profesiones no les otorgan un sentido a sus vidas, cuyo disfrute profesional se relaciona con variables distintas. Y, por supuesto, hay personas que no disfrutan de su trabajo. Lo realmente curioso es que no hay una relación directa entre trabajar en un ámbito que le da sentido y significado a la vida, y la aparición y mantenimiento de esas sensaciones negativas que pueden dar lugar al llamado “Síndrome Post-vacacional”.

Parece que entonces, la clave no es tanto trabajar en algo que le de sentido a tu vida (aunque sea una meta deseable para muchas personas), o planificar un número de días de vacaciones determinado (lo que puede resultar coherente para algunas personas), sino poseer las habilidades para gestionar las emociones y pensamientos que se originan al retomar las rutinas anteriores al periodo vacacional.

Pensamientos como “se acabó lo bueno”, “otra vez a empezar de cero”, “necesito otro mes de vacaciones”, son pensamientos automáticos que todos podemos tener en un momento determinado; no se trata de no tener estos pensamientos, sino de saber qué hacer con ellos. El problema aparece cuando, a partir de las sensaciones de cansancio, apatía, etc., que pueden estar presentes al regreso a las rutinas, y al mismo tiempo aparecen estos pensamientos, se generan emociones negativas intensas que pueden hacerle creer a la persona que las cosas son peores de lo que realmente son.

Al final, las emociones funcionan como energía que nos impulsa, nos retiene o nos bloquea, y las explicaciones que nos damos de porqué nos sentimos como nos sentimos, porqué las cosas suceden como suceden (es decir, nuestros pensamientos y creencias), aparecen como una de las claves principales a tener en cuenta. Si conseguimos crear alternativas de pensamiento que nos permitan reducir la intensidad de las emociones bloqueantes y también creamos pensamientos de carácter positivo, posiblemente nuestras emociones nos llevarán a adaptarnos satisfactoriamente a las rutinas habituales.

Algunas recomendaciones que podemos seguir pueden ser las siguientes:

 

  • Presta atención a lo que sientes sin juzgarlo: no pasa nada por sentir cansancio o apatía los primeros días tras las vacaciones, si nos juzgamos porque “no deberíamos” sentirnos así, posiblemente dificultaremos el proceso de recuperación de hábitos.
  • Adapta el ritmo y las exigencias: puede que necesites tiempo para recuperar el ritmo al que estás acostumbrado, así que planifica una progresiva recuperación de tu ritmo habitual.
  • Reserva tiempo para ti: la vuelta al trabajo, las responsabilidades, la casa, los hijos, los compromisos… Es importante reservar un poco de tiempo para ti, dedicándolo a realizar algo que te resulte divertido y placentero. El equilibrio es la clave.
  • Promueve un estilo optimista de afrontamiento: no se trata de pensar positivamente porque sí, sin motivos, sino de tratar de reducir el impacto emocional de los pensamientos negativos automáticos, así como construir explicaciones de lo que sucede que promuevan emociones positivas.
  • Invierte tiempo en tus relaciones: algunas personas se aíslan un poco esos primeros días, ya que perciben diferencias con compañeros o responsables en el trabajo, o incluso en casa.

Todas las personas podemos experimentar dificultades de adaptación tras un periodo vacacional, por lo que resulta interesante construir herramientas para la gestión de pensamientos y emociones complicadas, promocionar un estilo optimista de afrontamiento y una recuperación progresiva de los ritmos habituales.

Antonio Corredera.

 

Envidia

      “La envidia en los hombres muestra cuán desdichados se sienten, y su constante atención a lo que hacen o dejan de hacer los demás, muestra cuánto se aburren”. Arthur Schopenhauer.

La envidia es, ante todo, un sentimiento que experimentamos las personas en diversos momentos de nuestra vida, por lo que podemos decir que es una experiencia humana casi universal. A todos nos ocurre, pero hemos de reconocer que generalmente resulta una experiencia desagradable, que, nos suele conectar con otros sentimientos y emociones negativas, como la tristeza, la ansiedad, etc. A través de la envidia podemos crear auténticas obsesiones hacia el “objeto” codiciado, bien sea material, intelectual o incluso espiritual. Llevado al límite, la envidia puede empular a las personas a hacer daño a otros que poseen lo que entiendo como mi deseo no cubierto.

El sentimiento de envidia contribuye notablemente a generar una gran infelicidad en la persona que padece las consecuencias de instalarse en este sentimiento con demasiada frecuencia e intensidad.

Según la Real Academia Española de la Lengua, entendemos por envidia:

  1. Tristeza o pesar del bien ajeno.
  2. Emulación, deseo de algo que no se posee.

Lo cierto es que lo que solemos destacar de la envidia es siempre muy negativo, y solemos juzgar la envidia de los demás de forma muy dura, hasta el punto de que muchas personas que sienten envidia sufren muchísimo, se sienten culpables por envidiar lo que otros poseen. Esto hace aún más difícil convivir con el sentimiento de envidia, porque no solamente piensas en que no tienes lo que otro, sino que además te dices que “no deberías pensar y sentir eso”. Al final, todo gira en torno a la envidia y salir de ese círculo se convierte en una nueva obsesión a través de la cual te sientes aún peor…

Entre las consecuencias adversas de la envidia existen algunas que fomentan o refuerzan su aparición.

  • Emociones negativas: la tristeza porque otro consigue lo que yo no soy capaz (o no me he planteado), la ira hacia las personas que son exitosas, la culpa por sentir envidia (como señalé anteriormente).
  • Las quejas: cuando las personas envidian lo que otros tienen o lo que otros son, algunas veces se instalan en una actitud de queja continua, en un rol de víctima, en el que esa persona adquierel a actitud de “pobre de mí“. Suele ocurrir que los seres queridos, con la mejor de las intenciones, al ver esa actitud intentan consolarle. Cuando alguien está frecuentemente envidiando a los demás y repitiendo su conducta de queja, lo que acaba ocurriendo es que ese consuelo, en lugar de ayudar, se convierte en algo cómodo, en unaf forma poco saludable de conseguir cariño.
  • Obsesiones: una de las consecuencias más terribles de la envidia son los pensamientos repetitivos acerca del objeto deseado o bien acerca de la persona a la que envidiamos. Entonces dejamos de centrarnos en nuestra vida, en lo que nos interesa, en lo que nos nutre, y nos instalamos en el afuera, haciendo un “seguimiento” de la vida del otro, e incluso, llevado al exceso, intentando hacer daño a quien envidiamos: hacer correr rumores, humillarlos, intentar que no consigan lo que se proponen. Como ejemplo, podemos hablar de todos los casos de acoso laboral que con frecuencia se producen; no siempre es así, pero la envidia suele estar presente en el proceso.

Napoleón Bonaparte afirmó que “la envidia es una declaración de inferioridad“, y este pensamiento ha formado parte de la tradicional forma de concebir la envidia, dejando de lado las posibles implicaciones positivas de experimentar envidia: tomar conciencia de un objetivo o meta que deseamos y que no tenemos.

Este puede suponer un punto de partida diferente desde el que construir un plan de acción hacia mi nuevo objetivo. Todos hemos sentido cierta envidia cuando un buen amigo nos ha dicho: “me voy de vacaciones al caribe“. De repente conecto con que yo siempre he querido ir allí y aún no lo he hecho; podemos experimentar eso que llamamos “envidia sana“, al alegrarnos por nuestro amigo y desear lo mismo que él. Esta situación puede ser un punto de partido para preparar un plan de ahorro que me permita llegar a realizar ese viaje dentro de un año.

Si dejamos de focalizar el pensamiento en el hecho de que sea otro el que posee lo que deseamos, y empezamos a utilizar nuestros recursos personales para elaborar planes de acción en la dirección de lo que deseamos, posiblemente el sentimiento de envidia se transformará en ilusión o esperanza.

Claro que cómo formulemos esos objetivos también es importante: si lo que buscamos es que el otro no tenga lo que yo deseo, por ejemplo: “mi objetivo es que tú no tengas lo que yo quiero“, entonces seguimos seguimos instalados en la envidia, y la planificación hacia mi meta no tendrá mucho sentido. Por tanto, es imprescindible que nos planteemos nuestro plan de acción desde la construcción, no desde la destrucción.

Esto es habitual cuando desarrolo la idea de que solo uno de los dos puede conseguir eso que deseo, y si yo no puedo conseguirlo, entonces tú tampoco. Esa forma de experimentar envidia es la que más daño puede hacer, no solo en quien la siente, sino también pueden salir dañadas las personas que participan involuntariamente en el proceso. ¿Qué culpa tengo yo de que tú envidies lo que tengo? Las personas brillantes, inteligentes y/o atractivas pueden ser envidiadas por el hecho de ser simplemente como son, no hace falta que “hagan nada” o “tengan algo” para desatar ese sentimiento en otro… Me recuerda al cuento de la luciérnaga y la serpiente:

Se dice  que una serpiente que pasaba por el bosque empezó a perseguir a una luciérnaga; lo hizo durante 3 días y 3 noches seguidos. Exhausta, la luciérnaga se detuvo y dando media vuelta se dirigió a la serpiente:

  • ¿Puedo hacerte 3 preguntas?
  • Como te voy a devorar igualmente, adelante, pregunta:
  • ¿Pertenezco a tu cadena de alimentación?
  • No.
  • ¿Te hice algún daño?
  • No.
  • Entonces, ¿por qué quiere comerme?
  • Porque no soporto verte brillar.

La envidia es un sentimiento que se aprende a gestionar a lo largo de la vida, y depende del contexto y experiencias vividas, siendo la familia una de las importantes. Crecer en el seno de una familia que utiliza la comparación como modo de referenciar el éxito, y donde recibir amor depende de lo que se consiga (como un buen rendimiento académico, éxitos deportivos, el sueldo que uno gana, etc.), fomentan la aparición de la envidia destructiva. Desarrollan así una identidad frágil que no valora quién es, sino lo que tiene, y que mide su felicidad a partir de lo que posee, de manera que aquellos con quien ha de compartir su vida se convierten en competidores, en rivales, en enemigos…

Vivir en una cultura como la nuestra, fundamentalmente competitiva e individualista, no ayuda mucho a generar ambientes donde la envidia no sea necesaria. A nuestro alrededor hay demasiada presión por ser exitoso, y todo lo que no sea alcanzar un determinado estándar, se considera un fracaso. Así que con tanta presión por ganar, por alcanzar el éxito, por tener el mejor coche, el mejor sueldo, el trabajo más reconocido, no es de extrañar que envidiemos “cosas”. Y como hemos dicho, la envidia puede convertirse en un obstáculo para nuestro bienestar y felicidad.

Por más presiones que percibamos en nuestro entorno, podemos adaptarnos a estas exigencias (recordemos que el entorno en ocasiones no puede alterarse o modificarse) analizando nuestras prioridades y valorando nuestros objetivos desde lo que nos motiva en ellos, no sólo desde lo que se espera que hagamos.

Es en este punto donde la Psicología Positiva, con sus técnicas, estrategias y modelos de trabajo, puede ayudar a proponer experiencias diferentes que permitan a las personas salir de su sentimiento de envidia destructiva y cultivar sus fortalezas personales, a través de las cuales posicionarse y actuar de manera diferente. Las fortalezas personales son “capacidades preexistentes para un modo particular de comportamiento, pensamiento o sentimiento, que es auténtico y estimula a la persona, y permite el funcionamiento óptimo, el desarrollo y la ejecución” (Linley, 2008). Las fortalezas son 24, todos las poseemos y las únicas diferencias que encontramos son el orden en el que destacan cada una de ellas en nosotros, y las acciones a través de las cuales las experimentamos.

Si la envidia nos hace experimentar pensamientos y emociones desagradables, y nos involucra en acciones de las cuales no nos sentimos orgullosos, ¿por qué no crear una serie de alternativas que, partiendo de este malestar, nos permitan desarrollar sensaciones más constructivas, nos lleve a actuar de un modo más acorde a como nos gustaría? Una de las fortalezas que se muestra como un patrón contrario a la envidia es la Fortaleza de la Modestia y Humildad, cuya experiencia nos puede permitir convivir con la realidad de no tener ahora mismo aquello que deseamos, además de permitirnos el reconocimiento de que hay otros merecedores de los logros que anhelamos.

Cuando focalizamos nuestra atención en nuestras fortalezas personales, podemos alejarnos del ensimismamiento de perseguir la obsesión del éxito que hemos situado fuera de nosotros. Ese primer paso es muy importante, y podemos intentar también concebir el éxito y el fracaso de un modo diferente: el fracaso forma parte del camino hacia el éxito en la vida, es un aprendizaje importante y del que no podemos huír porque a todos nos pasa, sin excepción.

Antonio Corredera.

Círculos Virtuosos: la importancia de relacionarnos con otros (1)

Los seres humanos somos seres sociales. Tenemos, entre otras, una necesidad de estar en contacto los unos con los otros. Vivimos en sociedad y gran parte de los aprendizajes que hemos de hacer a lo largo de la vida sirven para adaptarnos a la vida en sociedad, para aprender a convivir.

Nuestras relaciones, desde la leve interacción que pueda tener con una persona que me atiende en una tienda, hasta el vínculo afectivo más significativo, pueden ayudar a explicar la calidad de vida que tenemos. Los demás, en gran medida, nos ayudan a sentirnos más felices y a desarrollar todo nuestro potencial.

Porque es en las relaciones donde nuestras potencialidades se ponen de manifiesto con más claridad, donde las emociones pueden llegar a cotas de intensidad más altas, donde encontramos respuesta a muchas de las preguntas que guían nuestras vidas. Esto, por supuesto, no significa que debamos vivir por y para los demás, sino que reconozcamos la importancia de otras personas, cómo nos influimos mutuamente en cada interacción, y cómo, dependiendo de la calidad de las relaciones personales que construyamos, nos sentimos más o menos felices.

A lo largo de toda nuestra vida tenemos relaciones, y nuestra capacidad para construir vínculos saludables, relaciones positivas, resulta fundamental incluso para nuestra supervivencia. Dentro de las relaciones personales, la mayoría de nosotros encuentra sentido y propósito a la vida, a través de la experimentación de distintas emociones y sentimientos que van guiando cada interacción, cada vínculo: el amor, la alegría, la satisfacción. Todas estas emociones, en el contexto social, nos facilitan el afrontamiento de las diferentes situaciones que nos vamos encontrando, y nos aportan el apoyo, la protección y el impulso para superarlas.

Construir relaciones positivas nos ayuda a crear estructuras de apoyo sólidas y resistentes, a las que podemos recurrir no solamente en caso de problemas, sino también para compartir lo positivo, para crear algo más grande, para facilitar que en nuestra relación particular cada uno encuentre el modo de ser más feliz.

Aunque cada sistema de apoyo social tenga sus particularidades, en el tipo de interacción, la frecuencia, la intensidad y cercanía, lo cierto es que todos pertenecemos a un enorme sistema de relaciones interdependientes a las que contribuimos cada día. Nuestro particular grupo de referencia, posiblemente se relaciona con otro grupo, y ambos grupos, con otros aún más grandes…

Los Círculos Virtuosos son el resultado que encontramos al invertir en relacionarnos con los demás de forma positiva, tanto en las relaciones significativas, en los vínculos de intimidad, como en los encuentros fortuitos o programados, pero poco duraderos. Relacionarnos de forma positiva significa ser conscientes de la importancia que cada interacción tiene, conscientes de que somos (todos) merecedores de respeto, y que aunque el conflicto es posible, y a veces incluso inevitable, también nos ayuda a crecer, a mejorar, a seguir contribuyendo a la creación de nuestro particular círculo virtuoso.

En este círculo de relaciones positivas, podemos encontrar que los grandes sueños que tenemos son posibles, gracias, precisamente, a que todos estamos interconectados. Si he cuidado un vínculo, generando emociones positivas que hemos compartido, es probable que más adelante, aquél encuentro, aquélla relación, me facilite la llegada de nuevas situaciones. Es precisamente lo que sucede cuando conozco a una persona y establezco una relación con ella: dos mundos entran en una interacción de conocimiento mutuo y se establecen lazos cuyas consecuencias no somos capaces de medir inmediatamente. Tal vez sea una amistad que dure siempre, o tal vez la persona con quien decida tener hijos, o incluso ese socio que siempre quise tener. El elemento que hemos de cuidar es el de crecimiento mutuo, y eso es lo que determinará la calidad de esta relación en concreto.

Esto no significa que debamos llevarnos bien con todo el mundo a cualquier precio, ya que este objetivo es imposible. A veces sucede que no nos gusta el modo de actuar de alguien, o que una relación de mucho tiempo se deteriora, o que las personas que participan de una relación concreta no desean seguir contribuyendo porque están creciendo en direcciones opuestas, o que nos desengañemos… A veces una relación, sencillamente, no es posible. Es el riesgo que toda relación implica, pero las consecuencias positivas de una relación son mayores que las negativas.

Construir relaciones positivas con los demás nos facilita la creación de una estructura de apoyo amplia y sólida, en la que podemos encontrar diferentes espacios de disfrute, bienestar, felicidad y crecimiento, en la que compartir nuestros malos momentos y superarlos con mayor facilidad, y en la que compartir todo lo bueno que tenemos, y disfrutarlo exponencialmente.

Antonio Corredera.

Amor y detalles

Como no podía ser de otra manera el primer post que escribo versa sobre una de las fortalezas más presentes en mí y en gran parte de la humanidad: el amor.

Para mí el amor es una emoción más, eso sí con sus complejidades y distinciones. Si nos fijamos es difícil no encontrar algo a lo que no nos sintamos ligados, algunos nos deleitamos con la lectura de una novela envolvente, otros con una conversación nutritiva, incluso otros con una canción que nos eriza la sensibilidad. Todo esto por supuesto cuando nuestra mente “nos permite” detectar este deleite, porque en ocasiones con lo que nos deleitamos es con las llamadas que tenemos pendientes y que nunca tenemos tiempo de hacer, con los papeles o facturas que se acumulan en algún lugar recóndito de nuestro escritorio, con los comentarios poco decorosos de alguien, o con los comentarios energizantes que nos decimos del tipo “seguro que al final no sirve de nada” o “siempre me pasa lo mismo, da igual lo que haga” etc etc.

Nuestra mente necesita ocuparse con algo, y cuando le damos la opción de sentir amor como ocupación los resultados son sorprendentes.

En ocasiones parece que nuestro estado de ánimo no está por la labor de experimentar emociones positivas y nos centramos en intentar combatir esos pensamientos para que no minen nuestro ánimo. Tras esa lucha encarnizada acabamos sintiéndonos exhaustos y con pocas ganas de nada. Sin embargo, cuando sentimos amor por alguien o por algo, no nos planteamos ninguna lucha, las emociones positivas fluyen, vemos el cielo más azul, el sol más brillante y a las personas más amables. Esta visión realmente no depende del cielo, el sol o quien nos rodea; depende de lo ilusionada que me siento, ya puede estar tronando ahí fuera que muy probablemente lo veré como un día perfecto para disfrutar acurrucada en el sofá con quien quiero. En parte la responsable de esta visión es una sustancia llamada feniletilamina, una anfetamina que segregamos cuando experimentamos amor. Cuando liberamos esta sustancia en nuestro cerebro se produce una mayor secreción de dopamina (neurotransmisor relacionado con el placer), norepinefrina y oxiticina (hormona que se ha relacionado con la felicidad).

Tenemos una droga natural (feniletilamina) tremendamente asequible que se consigue planteándonos actividades que nos hagan sentir amor frecuentemente, ya sea por nuestro trabajo, por nuestra familia, nuestros amigos o la belleza que nos rodea en cada sonido, color, textura o sabor. Como cualquier cosa que merezca la pena conseguirse tiene un precio, y en este caso es el esfuerzo consciente por dar e intercambiar acciones de amor.

Para muestra un botón, un estudio alemán observó que los maridos que besaban a su mujer antes de salir a trabajar experimentaban menos bajas por enfermedad, menos accidentes y vivían unos cinco años más de media. Uno de los autores de este estudio afirmaba que todo ello se debía a que ese beso daba lugar a una actitud más positiva que repercutía en todo lo demás. Como podemos observar no hacen falta grandes cambios sino que los pequeños detalles son los que marcan las grandes diferencias.

Una de mis frases favoritas es la de “no dejes para mañana lo que puedas hacer AHORA”, así que te propongo que pienses en una forma de iniciar una acción concreta que te haga sentirte ligado a algo y que lo contemples y lo disfrutes.

Te animo a que puedas compartir a través del blog esa acción o los resultados que has obtenido al realizarlo.

Para terminar una frase…

“Hay siempre algo de locura en el amor; pero siempre hay algo de razón en la locura”

(Federico Nietzsche).

Dafne Cataluña.

La Felicidad como Camino

¿Qué es la felicidad? ¿De qué hablamos cuando mencionamos la palabra felicidad? Cada persona tiene su propia experiencia, opinión y discurso sobre qué es la felicidad… Algunas consideran que la felicidad es un estado transitorio, otras opinan que la felicidad es liberarnos de todo lo que nos hace daño, mientras que para otras la felicidad está en encontrar un sentido a tu propia vida.

La creencia de que la felicidad es un lugar, una cosa, una posesión, un estatus, algo que sucederá cuando logre llegar a la meta, está enormemente extendida. Cuando concebimos la felicidad así, resulta que ésta depende de muchos factores distintos que no siempre están bajo nuestro control o responsabilidad. De este modo, si concibo la felicidad como el resultado de lograr mi meta, posiblemente estaré dando por hecho que no podré ser feliz hasta que no alcance ese lugar, ¡y puede que tarde mucho en conseguirla! ¿Posponemos nuestra felicidad hasta que llegue ese ascenso, hasta conocer a la persona ideal, hasta que me toque la lotería…? ¿Y si no llega, o peor, y si al lograr estas cosas no me siento feliz?

Hoy te proponemos un cambio en la forma de pensar en la felicidad, dejando de concebirla como meta y pasando a considerarla como el camino que elijo para transitar mi vida, aceptando que ser feliz no significa estar todo el tiempo contento, no significa que no me pasen cosas que no me gustan o que nunca sienta emociones negativas. La felicidad como camino implica responsabilizarme de mi mismo, trabajar activamente en construir una serie de recursos personales que me permitan sentir más felicidad cada día de mi vida, en cada área importante de mi vida, sin esperar a que todo eso que está por llegar acontezca.

Visualizar el lugar al que quiero llegar, plantearse metas y objetivos, es muy importante para dirigir nuestra conducta y recorrer un camino determinado, que sea de nuestro gusto y elección. Pero ese camino está lleno de posibilidades para conectar con nuestras emociones positivas, de manera que prestar atención a lo que sucede en el presente puede ayudarnos a recorrer el camino elegido con una experiencia de felicidad mucho más amplia. Ser consciente de que nos dirigimos a una meta, y dirigirnos hacia ella disfrutando del aquí y ahora, siendo más conscientes de lo que sucede en este momento, puede ayudarnos a conectar mejor con la esencia de aquello que puede hacernos felices en cada momento: poner en marcha nuestras fortalezas personales a través de acciones que nos conectan con el estado de flow.


El estado de flow o Experiencia Óptima, se caracteriza por la inmersión de nuestros recursos atencionales en una acción o tarea específicas en la que estamos poniendo en marcha nuestras fortalezas personales. Cuando fluimos, somos felices. Y fluir no es algo que pasa de forma mágica, sino que es algo que hacemos que suceda, que depende de nosotros mismos. Podemos fluir en muchas y diferentes situaciones, dependiendo de nuestros intereses, nuestras metas y objetivos, nuestras fortalezas personales…

Si cuando fluimos somos más felices, y fluir depende poner nuestras fortalezas personales en marcha a través de una acción en dirección a objetivos, entonces la felicidad deja de estar en un lugar “etéreo” que depende de fuerzas fuera de nuestro control, para pasar a ser un estado que podemos provocar en cada área de nuestra vida: en nuestro trabajo, en nuestras relaciones de pareja, en el ocio, etc. Dicho de otro modo, la felicidad vuelve a depender de lo que hagamos nosotros.

La felicidad como camino supone conocer nuestras fortalezas personales para ponerlas en marcha en nuestro día a día, de forma que multipliquemos nuestras experiencias óptimas, lo que tiene como resultado una mayor conciencia de estar aquí y ahora, de disfrutar del camino que estamos recorriendo: nuestro propio camino de felicidad.

Antonio Corredera.

Director del IEPP.

Bienvenidos al blog del Instituto Europeo de Psicología Positiva

El objetivo del blog es intercambiar diferentes puntos de vista y conocimientos acerca del concepto de felicidad, bienestar y satisfacción.

Desde el punto de vista de la ciencia, la felicidad se estudia desde el prisma de la Psicología Positiva.

Para los que acabéis de iniciaros en el mundo de la psicología positiva, resaltaros su aporte principal: incluir como prioridad el trabajo de las fortalezas de la persona, de sus puntos fuertes para fomentar la sensación de control y esperanza que caracteriza el pensamiento optimista y en gran medida el bienestar.

Por tanto, el objetivo principal es incrementar los niveles de satisfacción general con la vida y de la felicidad percibida.

A través del blog iremos proponiendo una serie de ejercicios o pensamientos en forma de frase de la semana, que contribuyen al incremento del bienestar.

Como terapeutas, uno de los retos con los que me encontré cuando comencé mi práctica profesional era que las personas se encontraran mejor tras conocerme. Con las técnicas tradicionales que aprendí en la carrera y en los cursos de especialización conseguía disminuir el síntoma, la sensación al finalizar la terapia era de alivio, por quitarse de encima esa angustia, ansiedad, depresión o lo que fuera, pero la persona no concluía con una frase cargada de optimismo, de crecimiento personal.

Cuando comencé a utilizar las fortalezas, percibí cambios mucho más rápidos, sin resistencias, y la persona refería no sólo alivio, no sólo no sentirse mal, sino un cambio radical, al polo opuesto, al polo de la plenitud personal.

Al comprobar durante un tiempo estos resultados decidimos que era absolutamente necesario compartir este “tesoro” con el resto de compañeros de profesión, y romper así con la idea del psicólogo como profesional que cura la enfermedad mental y ampliarlo al concepto de profesional de la salud mental en toda su amplitud, incluyendo así el trabajo de los recursos y habilidades que le hacen a la persona sentirse mejor.

Por eso os animamos a que nos acompañéis en el aprendizaje y descubrimiento de las innovaciones en psicología, y que mejor forma que acudir a un seminario que explique qué es la psicología positiva y como puede ayudar a incrementar los niveles de felicidad. El 15 de Diciembre la Universidad Autónoma de Madrid ha tenido la iniciativa de organizar este seminario de forma totalmente gratuita, se celebrará en el Salón de Actos de la facultad de Psicología a las 15:00 hasta las 16:30. Aprovecha esta oportunidad para aprender técnicas que potencian las fortalezas e incrementan el bienestar.

Por nuestra parte, animaros a seguir nuestro pensamiento positivo de la semana y a contestaros cualquier duda que podáis llegar a tener.

“Tanto se crees que puedes como si crees que no puedes, estás en lo cierto” (H. Ford).